La Convención Ramsar define a los humedales como toda área terrestre “saturada o inundada de agua de manera estacional o permanente”. Son humedales continentales los acuíferos, lagos, ríos, arroyos, marismas, turberas, lagunas, llanuras de inundación y pantanos. Estos extraordinarios ecosistemas resultan fundamentales para el mantenimiento de los procesos ecológicos que limpian el agua y reciclan los nutrientes, por cuanto albergan algas, hongos, plantas, bacterias y otros microorganismos que intervienen en los procesos de purificación. Y por estas mismas características son primordiales para la seguridad alimentaria. Pues además de proveer peces y otros alimentos, constituyen la base de los nutrientes de los cultivos agrícolas y garantizan reservas líquidas durante las épocas secas.

Bolivia tiene el privilegio de albergar varios humedales de importancia internacional, 11 de ellos reconocidos como sitios Ramsar. Los Llanos de Moxos (Beni), que acoge a tres sitios Ramsar, es una de las regiones más importantes del mundo en este sentido. Allí se encuentran las sabanas inundables más extensas de la Amazonía (122.000 km2), las cuales constituyen ecosistemas acuáticos y terrestres donde la vida fluye a borbotones. Por caso, son el hogar de 967 especies de peces, de las cuales al menos 80% se reproducen en sus cabeceras. Además, es el tercero del país en diversidad de aves con 647 variedades, varias de ellas migratorias de importancia global.

Junto con esta riqueza biológica, las sabanas inundables del Beni desempeñan un papel crucial en la conformación y regulación del ciclo hidrológico de la Amazonía. Los principales ríos de la región (el Beni, el Mamoré y el Iténez) confluyen para conformar el río Madera, el tributario más importante del Amazonas, que aporta el 20% de su caudal y el 50% de los nutrisedimentos. Además, modulan los flujos de agua (en calidad y cantidad), regulan el clima, amortiguan los impactos del cambio climático, garantizan la fertilidad de los suelos y la reproducción de los peces y animales (varios de ellos endémicos) de la cuenca amazónica.

Y en este portentoso complejo de humedales se encuentra un gran capital cultural. Por ejemplo, es el hogar de 18 de los 36 pueblos indígenas de Bolivia, los cuales conservan 20 lenguas y dialectos, entre éstas, siete lenguas aisladas únicas en el mundo, lo que convierte al Beni en una de las regiones más diversas del planeta en términos lingüísticos. También existen islas de bosques, complejos arqueológicos y obras hidráulicas monumentales que evidencian la interacción de los pueblos indígenas con el medio natural desde hace unos 10.000 años, al igual que alimentos como la yuca y la calabaza que fueron domesticados mucho tiempo atrás. Interacción que ha dado lugar a la conformación de un paisaje biocultural único en el mundo.

Pero hoy este extraordinario patrimonio natural y cultural se encuentra amenazado por diferentes actividades, como la contaminación y destrucción de hábitats acuáticos por la extracción de oro y de áridos; la polución por efluentes agrícolas, herbicidas, pesticidas y aguas domésticas; y la sustracción de agua subterránea para uso urbano. A ello se suma la ampliación descontrolada de la frontera agrícola, la construcción de infraestructura sin estudios para mitigar los impactos ambientales y la caza furtiva.

Con el fin de contrarrestar esta preocupante tendencia, siete organizaciones (WCS Bolivia, la Fundación Gordon y Betty Moore, CIBIOMA /UAB-JB, la Asociación Civil Armonía, FAUNAGUA, la Universidad de Bonn y la Iniciativa Capital Natural de la Universidad de Stanford) han decidido conformar un grupo de trabajo que busca impulsar la valorización de este espectacular paisaje biocultural, como base para el planteamiento de alternativas sostenibles para su conservación y desarrollo. Se trata de una campaña ineludible que necesita del concurso comprometido de toda la sociedad boliviana para llegar a buen puerto.

Zulema Lehm Ardaya es especialista en Aspectos Sociales de WCS y coordinadora del Grupo de trabajo para los Llanos de Moxos (GTLM).

Esta columna fue publicada en El Deber y Página Siete.